Articulo
En el agua y a las risas Nauticoterapia en la Costa de Oro - Por César Bianchi
Cristian dice que el agua está buena y le hace bien.
Es “esencial” para la vida, afirma con seguridad. “Es verde”, sentencia Claudio. Pero Erico no piensa lo mismo: para él es azul, porque le encuentra el azulado a todo. En realidad es marrón, pero importa poco, cada uno lo ve distinto. Cristian, Nicolás, Claudio y Erico hablan y se ríen a carcajadas a bordo de un gomón un sábado a la tarde mientras pasean con un marinero de Prefectura Nacional Naval por las aguas del arroyo Solís Chico, entre Parque del Plata y el balneario Las Vegas.

Todos tienen varias cosas en común: son adolescentes con capacidades diferentes, aman el mar y los deportes náuticos y celebran la vida a las risas.
Su punto de encuentro lo constituyen las actividades de nauticoterapia a cargo de Prefectura y el Yacht Club de Parque del Plata, que comparten todos los sábados. Y no es porque quieran llegar a ser deportistas o navegantes, sino por gusto nomás; por sociabilizar y perderle el miedo al agua también.

La nauticoterapia es un proyecto que mentó el capitán de navío Carlos Alonso en 2004, con el fin de difundir las virtudes de la náutica y sus beneficios para personas con capacidades diferentes.

La idea de Alonso fue: “Si ellos pueden, todos podemos”. Y mal no le salió: va por su sexta edición. Comenzó en Piriápolis, lo desarrolló mucho más en Atlántida y Parque del Plata gracias al involucramiento de padres de los chicos y el personal de Prefectura. La actividad se ha replicado en Nueva Palmira y en breve instrumentarán el proyecto en Fray Bentos y Rio Branco.

“A raíz de la evolución (de la iniciativa) hemos recibido consultas de todas partes del país. En total en la Costa de Oro han concurrido unos 30 (jóvenes), aunque a veces tienen dificultades para asistir. Algunos van desde Montevideo y otros viven en lugares más cercanos, pero a veces no tienen los medios para ir”, contó Alonso, ex prefecto de Canelones.

Eso le pasó, por ejemplo, a Sandra Mundo, que hasta último momento no le contó nada a su hijo Brian para no ilusionarlo. Brian, de 13 años, tiene “problemas de aprendizaje” y le diagnosticaron autismo. “Y por alguna razón, le falta oxígeno en la cabeza, entonces se duerme y se cae”, explica la mamá. El sábado 29 de octubre lo llevó por primera vez al arroyo Solís Chico, a la altura de la rambla de Parque del Plata
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Además de la locomoción, Sandra no se animaba a preguntar cuánto debía pagar por las actividades de nauticoterapia para su hijo. Recién se decidió a llevarlo cuando le dijeron que no tenía costo, que era todo a pulmón.

Ahí se encontró con Mabel Pérez, la mamá de Nico, y Cristina Rocha, la de Erico, a quienes ya conocía del Cidit, un centro pedagógico para niños y adolescentes discapacitados que funciona en Pinamar. Ahí trabajan en cerámica, en la huerta plantando lechugas o en la cocina, donde todos los martes hacen pizzas que después llevan a sus hogares. Pero no hay uno solo que no esté esperando la llegada del sábado para ir a remar en el kayak o dejarse llevar por el motor en el gomón.

“Nos llena el alma”

Marinela Báez está con una remera azul de la Prefectura, los pantalones arremangados para poder mojarse los pies en el arroyo y el gorrito –también de Prefectura- sobre el pelo recogido porque no es un evento para hacer pinta, claro. Ella está desde el principio enseñándoles a los chicos que el agua es sana y esencial, como dice Cristian.

En 2006 el capitán Alonso se puso en contacto con la ONG Aprendiendo a Ser, que reúne a padres de niños con capacidades diferentes, y ahí comenzó todo.

“Fue una cosa nueva que ninguno sabía cómo manejar porque ninguno es experto en algo, solo hacemos nuestro trabajo de navegar. Desde entonces fue y sigue siendo una experiencia muy linda. Aprender a relacionarnos con chicos con capacidades diferentes es algo que nos llena el alma, y con la náutica como escenario”, dice Báez.
 
“Uno no se da cuenta de lo que es capaz de dar con un simple paseo en gomón, no le damos la dimensión que tiene para un chico que no tiene mucho para hacer fuera de eso”, añade.

Empezaron a navegar con un gomón, luego consiguieron que el Ministerio de Defensa les donara un kayak y un par de remos y finalmente se hicieron de un velero tipo Lightning, que los adultos arman y pilotean los adolescentes con algo de ayuda. Tiene cinco metros de eslora, 1,80 de manga, y pesa unos 500 kilos aprox.

A modo de donación, les llegó un kayak triple en el que van un mayor y dos menores, remando en equipo.

“La actividad no va más allá de eso -se excusa Marinela Báez- pero lo que causa en los gurises es algo genial. El entusiasmo de ellos es lo que nos lleva a darnos cuenta que estamos en el buen camino”.

Y esa alegría se nota porque, una y otra vez, se ríen a las carcajadas.

El que toma la voz cantante –ya todos sentados en el gomón- es el marinero Alex Hernández (39 años), después de ajustarle a cada uno de los tripulantes el chaleco inflable de seguridad.

“Vamos a ver quién le enseña lo que hemos aprendido a Cristian y al periodista, que hoy vienen por primera vez… Pero ahora, ¿alguno tiene ganas de gritar? Este es el momento, chiquilines. ¿Tienen ganas de gritar? ¡Ahora!” Y la invitación a la catarsis no se hizo esperar. “¡¡Aaaaaaaaaahhhhhhhh!!”, gritan todos al unísono. A uno se le escapa un “Peñarol nomá”, otro lo desafía alentando a Nacional y el manya grita “¡qué miedo que tengo!”.

Cristian está teniendo su bautismo en el agua pero asegura: “Es mi primera vez pero no la última”. Cristian está entusiasmado y se nota. Se apura a contestar todo lo que pregunta Alex, un marinero rara avis con vocación pedagógica.
-¿Qué lleva el gomón adentro?
-Aire.
-¿Y qué pasa si pincha?
-Nos hundimos…
-No, no nos hundimos porque para eso estoy yo y mi ayudante Marcelo, pero va a haber problema. Eso sí.

El gomón avanza por el arroyo Solís Chico. Hernández explica que tiene unos 30 kilómetros de extensión, que es llanito, que de un lado está Parque del Plata y del otro Las Vegas. La Floresta está un poco más allá.

 -¿Qué pasa si se rompe el motor?, pregunta.
-Agarramos los remos y remamos, así sacamos músculos, dice Cristian, madrugando de nuevo a sus compañeros.
Erico, cada tanto, dice: “Tirate, tirate al agua” o “bañate”. A Erico le hace bien la nauticoterapia, según su mamá Cristina, de 52 años. Después del paseo en gomón, Cristina afirmó que todos los días su hijo le pregunta cuánto falta para el sábado.

“Él tiene trastornos de desarrollo con algunos rasgos de autismo. ‘Trastorno de desarrollo no especificado’, lo diagnosticaron. Algunas cosas las aprende, pero muchas las olvida, se le pierden. Tiene memoria fotográfica, pero no puede andar solo. No sabe leer y escribir. Lo que aprendió, lo perdió”, cuenta Cristina. Ella dice que la nauticoterapia a Erico (y a los demás) los relaja, les quita la ansiedad, los calma.

En el arroyo, Erico les grita a un grupo de jóvenes que están sentados en la arena blanca de Las Vegas, tomando mate y charlando. Alex dice: “Saludemos a esos muchachos: ¡Holaaaaa!” y todos saludan agitando sus manos abiertas.

El proyecto en papel

Subirse a navegar en cualquier embarcación “libera de las preocupaciones mundanas, aclarándonos la mente mientras nos aporta una sensación de libertad y comunicación con los elementos indescriptible”. “Nos descubrimos a nosotros mismos y hasta donde somos capaces, entrando en el mundo paralelo en el que solo nuestra pericia es lo que vale”, resume en un documento que envió a Navegar para describir el proyecto Nauticoterapia.

En el mismo documento, el capitán de navío confiesa que su idea fue motivada por difundir la olvidada náutica en Uruguay. “Somos un país dentro del mar, rodeado por tres de los cuatro puntos cardinales, la mayoría de nuestros ancestros llegaron por vía marítima y nuestro nacimiento como país independiente se generó a través de la importancia estratégica de nuestro principal puerto para el comercio vía marítima. Pero paradójicamente, los que habitamos este bendito país, su mayoría no tiene inclinación alguna hacia el mar y la navegación, solo temor, temor a lo desconocido”.

Así editorializó Alonso, entonces prefecto de Canelones, su idea. Entonces apuntó a los más desprotegidos, dice, a un público “de capacidades diferentes”. “Se logró que los jóvenes descubrieran un mundo diferente, se tendieron puentes de comunicación muy importantes entre el personal de Prefectura y la discapacidad, aprendiendo a tratarlos y a comunicarse. Fue un evento que también fortaleció a la familia que participó activamente, se logró que los jóvenes disfrutaran del medio ambiente en forma relajada, así como también adquirir conocimientos náuticos como tenerle respeto pero no temor al agua”.

Y vaya si logró que su proyecto tuviera andamiento.

Cristian, el nuevo participante de la nauticoterapia, bastante desenvuelto, le perdió el miedo al agua en 20 minutos de gomón. “Una pregunta…”, le dice a Alex Hernández. “¿Se puede viajar a Argentina en esto? Porque llevaría muchas horas, pero yo me animo”, terminó, entre risas.


Publicado el 20/01/2012