Articulo
Un imán llamado travelift Los atractivos del puerto de Piriápolis - por César Bianchi
En el puerto de Piriápolis hay franceses, estadounidenses, australianos, argentinos, brasileños, escoceses y holandeses. Son turistas apasionados por la náutica. Alguien les habló de este puerto y hasta él llegan y se quedan a visitar, o dejan su embarcación sin ningún temor y se van sabiendo que está bien cuidada.

Los visitantes foráneos señalan que eligen este puerto por seguro, por su entorno, y porque los lugareños son amables y gentiles.

Pero todos ellos, además de los trabajadores y operadores del puerto, coinciden en un punto cuando Navegar pregunta sobre las razones de este “éxodo” turístico a las tierras de Francisco Piria: Piriápolis tiene una gran ventaja comparativa en su travelift.

La palabra puede sonar rara para un advenedizo de la náutica. Pero los cultores de esta actividad saben bien lo que significa y cuánto facilita la vida de los navegantes a la hora del mantenimiento.

Es que este travelift, una suerte de grúa portuaria que permite sacar del mar o botar el barco según el caso, con capacidad para embarcaciones de hasta 100 toneladas, tiene características que lo hacen único en la región.
“El otro travelift similar en la zona está en Rio de Janeiro”, explica el director nacional de Hidrografía, Miguel Bracesco. El de Punta del Este es mucho más limitado, tanto en tonelaje, como en manga y calado, por eso los barcos grandes no pueden varar allí.

El aparato, una mole de color azul que es un imán para muchos viajeros, fue donado a la Dirección Nacional de Hidrografía por la regata inglesa Whitbread –predecesora de la Volvo Ocean Race- en 1988. Hidrografía y el puerto de Piriápolis se jactan de tenerlo, desde que lo pusieron a operar 10 años después, con el puerto actual ya construido.
   
El lugar elegido


Alejandro, un marinero de Prefectura, dice que los turistas que llegan al puerto de Piriápolis lo eligen porque “es más tranqui” y por el buen mantenimiento que reciben los barcos. Vienen de todas partes, afirma. Y los dejan para que les hagan limpieza de fondo, de casco, o pintura. “Andá a la explanada y vas a ver, hay uno atrás del otro”, apunta.

En efecto, hay unas 35 embarcaciones, una pegadita a la otra con banderas de países de todos los continentes. En temporada baja, entran al puerto entre ocho y 10 barcos por mes con una población estable de 90% presentes, unos 68 en 75 sitios de amarre en el mar. En temporada alta la realidad es más que auspiciosa, según Bracesco: “Cien por ciento de lugares ocupados y más también. Superamos la capacidad y movilidad con más de 75 barcos amarrados y de 20 a 30 que van rotando, es decir que salen unos y entran otros”.

En los últimos cuatro años ha habido una constante: en la zafra estival puede haber 75 barcos en el mar y unos 40 en la explanada para mantenimiento.

“La razón por la que eligen Piriápolis no es por los costos, es por el travelift”, afirma Federico García, o “Fiky”, como conocen todos a este lugareño de barba y cabello blanco.

La calidad del mantenimiento ofrecido a los extranjeros en Piriápolis también es un diferencial con respecto a otros puertos de la región, y los navegantes lo saben. “Fiky” hace 17 años que trabaja limpiando y reparando barcos y se ha esmerado en proteger la reputación del oficio y del puerto fernandino. Hoy dirige su propia empresa de mantenimiento, con cinco obreros a cargo, y dice que cada vez tiene más competencia, porque la demanda crece acompasadamente: llegan extranjeros primero a navegar, y después a comprar terrenos para afincarse en suelo uruguayo o tener una segunda residencia.

“Los que llegan acá son casi todos veleros, gente que hace turismo antártico. Vienen en veleros que calan bastante, que no se ven en Punta del Este”, donde las embarcaciones que arriban son más “suntuosas”, señala García, quien destaca la elección de Piriápolis por parte de los navegantes como una opción de varadero para mantenimiento.

“Acá llega el barco y les hacemos todo: desde el fondo y desde ahí hacia arriba, trabajamos en las bandas, en las jarcias, en los aparejos, les hacemos carpintería, lo pintamos. Todo”, insiste “Finky”, que bien pudo haber sido músico si le hubiera seguido la corriente a su padre, Federico García Vigil, reconocido director de orquesta uruguayo.

Piriápolis es una opción cada vez más requerida por los navegantes que recorren esta parte del globo también por otros factores, incluidos la tranquilidad del balneario y la sencillez de sus pobladores. Y si no que lo digan Queric Yves y su pareja Savary Karine. Llegaron de Saint Malo, Francia, en abril, y estuvieron dos meses, volvieron a su país pero se quedaron extrañando Piriápolis y volvieron en octubre, para no irse más del puerto.

Unos amigos franceses les habían recomendado ampliamente el balneario de Maldonado y ellos hicieron caso, y se los recomendaron a otros, y los otros a más amigos... En el mundo de la náutica no hay mejor publicidad que esa. Ahora están arreglando el velero “Grey Pearl” para tenerlo en condiciones cuando haya que salir a navegar hacia Mar del Plata y el sur argentino.

“¡Nos encanta Piriápolis! Es un lugar agradable, es el que más nos gusta de Uruguay junto con La Paloma. La oficina de administración del puerto es confiable, de acá nos podemos ir tranquilos y confiamos en que el barco estará bien”, dice Karine desde arriba del “Grey Pearl” en un español con fuerte acento. Ella es profesora de natación y su marido es dueño de un restorán; dejaron sus empleos para salir a navegar. Después de la Patagonia y Ushuaia, irán hasta la Isla de Chiloé con amigos que llegan de Francia y de ahí a Tailandia y la Polinesia. Pero, asegura, volverán a Piriápolis, quizás para radicarse. Eso es lo que les pidió su hijo Enzo, de siete años, y lo están meditando.

“Mañana usaremos el travelift para bajar el barco y ponerlo en el agua si lo permite la climatologie… la climatalogía…
- El clima…
- Sí, eso. Porque hay mucho viento y capaz que no podemos salir- dice, y muestra el interior del velero de aluminio: una cama grande destendida, un dormitorio chiquito donde duerme Enzo y su perro terranova Rocky. Sobre la cama, Enzo tiene un poster de un mapamundi muy colorido. Al barco, de 16 metros por 4,30, no le falta nada: tiene plasma, tiene libros, tiene radio.

 “Veníamos de Buenos Aires cuando llegamos a Piriápolis, y de acá nos va a costar irnos. Por eso volveremos”, dijo Karine.

Daniel cuida a “Roxana”

Daniel Cerezo tiene 45 años y un domingo a media tarde no está con su esposa y su pequeña hija en Buenos Aires. Al menos no está en el Mediterráneo, como otros años, sino ‘emprolijando’ un barco ajeno pero que cuida como propio. Está en Piriápolis, “del otro lado del charco”. Es un barco de 20 metros de eslora, imponente al golpe de vista. “Lindo para navegar los fines de semana”, dirá él, humilde.

Dice que viene a Piriápolis con frecuencia porque es el único varadero donde se pueden hacer tareas de mantenimiento con comodidad. “Uruguay no tiene más infraestructura que esto: un lugar donde poder sacar el barco para que la gente como yo lo repare. Se puede sacar con sistemas más antiguos, pero acá pedís turno y te lo sacan; así de fácil”, explica.

No es económico reparar un barco, apunta, pero considerando los costos de tener una embarcación, pagar un buen mantenimiento es razonable.

Cerezo es el administrador del “Roxana”, un barco de propietarios ingleses, que han recorrido el mundo.
En Uruguay, dice, hace 10 años este mismo varadero o playa de mantenimiento de barcos estaba vacío y hoy está lleno de embarcaciones esperando su turno. Al haber más barcos, hay más demanda y se genera una mayor competencia. “No hay un auge todavía, pero Uruguay está creciendo. En Argentina hay barcos cada vez más grandes, entonces estudiás náutica o no podés trabajar, el mercado te excluye”.
   
O ‘melhor veleiro’ do Brasil 

   
Una satisfacción similar dijo sentir Igor Alexandre Souza, un paulista de 30 años, amante del turismo antártico del que hablaba Federico García. Igor navega un velero muy especial, fabricado en aluminio y con un diseño de confección secreto que le permite ufanarse de que es el “mejor” de Brasil. No es de él pero es como si lo fuera; se lo prestó Amyr Klink, un legendario navegante que lo construyó a medida para soportar temperaturas congelantes.

Con el “Paratii”, ha ido hasta la Antártida más de 30 veces. Hace poco estuvo seis meses en el continente helado para investigaciones científicas, y ahora recaló en Piriápolis.

En la misma tarde de domingo en que Daniel Cerezo repara el imponente “Roxana”, Igor trabaja en el “Paratii” mientras conversa en inglés con el escocés Douglas, de 76 años, que está en su barco, en la amarra del al lado.

Lo de Douglas es aventura pura. “No vas a creer mi historia”, avisa. Y la cuenta: estaba en Santos, ciudad satélite de San Pablo, y una amiga uruguaya le dijo que necesitaba tripulantes para traer su velero “Paradise” a Piriápolis y de ahí seguir hacia el Caribe. Como él es capitán de barcos desde hace 40 años, dijo: “Ok, yo voy”.

“Piriápolis me gusta porque es tranquilo”, dice este marinero de Glasgow. “Me gusta navegar: nunca te cansás ni aburrís en el mar”. Él también pasó primero por Punta del Este, pero le terminó agarrando el gustito a Piriápolis, porque “es menos ruidoso, no hay tanta gente y es un poco más barato”.

Al “Paradise” lo diseñó un argentino que sabe mucho de barcos. Lo piloteará hasta las playas caribeñas y después volverá a Santos.

 Douglas y su vecino de puerto Igor coinciden en que la tranquilidad es un valor agregado de Piriápolis. “Es un lugar muy bueno para la seguridad del barco. Además, la gente que vive aquí es amable y receptiva. El lugar, como te digo, es seguro: yo estaba en San Pablo con mi familia y dejé el barco acá varios meses, sabiendo que estaba cuidado”, explica Igor, mientras ajusta él mismo una pieza que se encapricha en zafarse.
Viendo el fenómeno de Piriápolis, Federico García, opina como muchos de sus colegas que Uruguay debería darle más importancia a sus bondades marítimas.

“Lo que pasa es que Uruguay vive de espaldas al agua: estamos rodeados de costa y mar, pero seguimos mirando a las vacas”, resume.

Publicado el 24/01/2012